Qué tendrá la tristeza que a todos nos inspira. Qué esperamos encontrar en ella, y qué espera ella a cambio.
Esta mañana me levanté retando al mundo y amenazándole si se atrevía a cambiar el pie derecho de mi despertar, hasta el punto de que era capaz de merendarme el tiempo si fuera necesario.
Eso es lo bonito, supongo, de la vida, caprichosa ella, que son las cinco de la tarde, que he almorzado con el mundo y con el tiempo, y que yo he sido su postre. Es una sensación tan extraña el ser devorado por algo abstracto como la indecisión y el no saber dónde estar, y es tan irónico levantarse siendo el rey del mundo, y perderse en él a las dos horas de quitarte el pijama, donde dejé toda la felicidad de un sueño dulce en el que tocaba con mi grupo. Todo se reduce, de tener ese campo de la mente despejado y abierto, a un punto de no retorno, pero espero que sí solucionable, de volver a provocar el enfado y la tristeza de quien amas, y de ser capaz solo de buscar algo para enmendarlo. El caso es que nunca es queriendo, y estas cosas suelen provocarse por acciones que no ves a lo que llevan, pero inofensivas. Esto es lo que me hace estar aquí de nuevo, sentado en mi cama onubense, frente a una ventana sin vistas a nada, y escribiendo sobre una mesa negra llena de fórmulas, ecuaciones y de folios inservibles, que intentan explicar el por qué de las cosas, e intentado buscar el cómo hacer para que las cosas funcionen desde las distancia.
Tengo ganas de hablar con el aire, de preguntarle qué se siente al ser libre, pero igualmente me doy cuenta de que nadie es libre, que hasta el aire traga con su propia mierda, y más, el que se traga toda mierda que soltamos, pues las palabras se las lleva el viento, pues él tiene el deber de guiar a los pájaros, e incluso él carga con nuestra muerte al ser arrojadas las cenizas al aire.
Son las cosas de la vida, las que hacen que ya a las 20:48 esté en otra mesa, redonda, pero igualmente negra, y mirando a otra ventana, esta vez se ve algo de vida a través de los cristales, pero éstos son opacos, por lo que aún no se distingue con claridad lo que hay ahí afuera, además de que es de noche y la oscuridad hace que todo esté más gris. El viento trae palabras al vuelo pero parecen invisibles, pero me dan el empuje para seguir por mi camino, por el que seguiré luchando por los árboles que me dan refugio, aunque de vez en cuando haya que atravesar una pradera, con la consiguiente amenaza de los cazadores.
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